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—¿Qué me trajiste?

—Nada. Humanidad, mucha humanidad -me contestaba mi madre entrando por la puerta de casa regresando del trabajo en la hora azul y cargada de los pies a la coronilla: zapatos de madera, aretes de madera, y en el puño apretado dos grandes aros de madera de los que pendía un bolso repleto de papeles del trabajo para seguir trabajando en casa; del otro puño pendían, a veces, unas viandas.

—¿Qué me trajiste?

—Nada, nada de nada, de verdad, mucho cansancio.

—¿Adónde fueron a la salida de la escuela? Ya sé, al Metro. Mi mamá hacía preguntas que ella misma se respondía, no daba tiempo a contar. 


Mi abuela me recogía después de clases y pasábamos a merendar al Metropolitan, una cafetería anexada a un cine apaisado sobre suelo terrazo color crema y enchapes de vitrolite que refulgían en el paisaje de nuestro barrio. Del vitrolite hacia adentro no se veía nada, todos pasaban la calle 13 mirando sus reflejos en los espejos negros. Dentro del cine, una sala de fumadores para los cuáles un sofá negro amplio como una manta raya se desbordaba sobre las paredes interiores remataba con lámparas de suelo y una mesita con cenicero por cada cinco metros. Mi abuela conversaba con una de las acomodadoras, amiga de infancia, y compartían cigarros, un poco antes de la función de las seis de la tarde. Yo atravesaba la sala y entraba por un costado a la cafetería. Me sentaba a la barra sobre los cojines redondos de vinyl rojo que vomitaban la esponja interior y parecían levitar, pedía un masarreal y volvía. Ambas mujeres declamaban sus vidas en poesía lárica y humo. Mi abuela era solo ella en ese rato, luego volvía a ser mi abuela y nos íbamos caminando con la mano dada.

 Abuela vestía qipaos en siete versiones con todas las posibles combinaciones racionadas entre los poliésteres y lásteres a disposición en las mercerías nacionales. Cada qipao aludía a un estado de ánimo que yo reconocía inmediatamente que veía el estampado ondeando por la acera hacia mi destino: azaleas sobre fondo negro lunes o tristeza, listas verticales en colores complementarios martes o jaquecas, cegadoras ilusiones ópticas miércoles o inactividad, escenas de arrecife coralino jueves o felicidad breve con ráfagas de energía; figuras geométricas, abstractos, concretos, viernes o secreto; íremes sobre fondo blanco hueso (una excepción en lienzo) sábados o ideas. Domingos en topos blancos sobre beige o salida, pasado. Un ropero ciclotímico austero pero bien proyectado por ella -en ese único diseño de mangas cortas que volaban en los hombros, imbricadas al centro en un discreto y omnipresente cuello asiático- que bien complementaba con un pintalabios rojo indio rancio y una polvera que albergaba el pigmento que apareciera en las perfumerías. A veces era pálida, muy pálida, otras era tostada, canela, roja, cobre. Su cadencia era el derrotero de unos pasos de tacones que cantaban desde la esquina de la escuela. La sentía llegar: aquí estoy, mi niña.

Los domingos nos montábamos en alguna guagua y me decía “vamos hasta la última parada”, sobre sus piernas me despertaba llegando a la bahía o cuando habíamos cruzado a Regla o a Casablanca, a Guanabacoa. Otras veces nos quedábamos en Campanario, en la Habana Vieja nuclear y empezábamos el domingo tocando puertas. Nos recibía casi siempre alguien extrañado en esas puertas dobles de la Habana, alguien molesto que sacaba parte del cuerpo por la puerta pequeña, por el sol de mediodía. 

—¿Es usted María, la amiga de mami? María, qué pena, mami murió el año pasado, en octubre.

—No me digas, ay mi hijo, lo siento mucho. 

—¿Y Rita, la del 12?

—Rita falleció antes que mami, en marzo. Julieta y Haydé también. ¿Desde cuando ustedes no pasan por aquí? Normita se fue a principios de año con su hija para México, finalmente. Pero pasen, pasen que hago café. Elia sí está viva, solita allá arriba, a veces pasa un sobrino nieto a verla y nosotros subimos a llevarle alguna cosita de comer, lo que se puede, usted me entiende.

—En paz descansen -pronunciaba mi abuela y se devoraba una cajetilla completa de cigarros mientras repartía sus pésames en entretiempos con pequeños gestos de la memoria, en el resto de las casas del edificio de Campanario. Cuanto corrimos estos pasillos. Que vuele alto. ¡La vez que Rita se perdió, y estuvimos buscándola la madrugada entera! En la gloria esté. 

A ratos, yo sorbía de algunas de las tazas de café que devoraba en su itinerario y mientras lo hacía ella pasaba su mano por mi cabeza.

—Si yo me muero yo me levanto, me pongo de pie y ya, sigo caminando -repetía yo una y otra vez.


Todos reían y entonces nos despedíamos, y al final veíamos a Elia. Tenía la casa repleta de muñecas, jabones en sus estuches originales, una jicotea muy grande para ser jicotea, disecada, plumas de su cotorra que murió de un infarto. Elia sobrevivió a mi abuela. Casi a la noche nos retirábamos callejón adentro y entrábamos a la iglesia de las Mercedes. Nos parábamos frente a la niña de porcelana recostada entre sábanas de mármol en una urna de cristal con cabellera real y ojos de vidrio.


—¿Estás triste abue?


—La procesión va por dentro mi niña. No le digas a tu madre que has tomado tanto café y que ha muerto tanta gente conocida. Ella también quería a toda esa gente. Toda esa gente la quería a ella. 

Entonces a mí se me pegaba la tristeza, y mi abuela tenía un mantra para sacarnos de la procesión:

—Yo no quiero carne ni de aquí, ni de aquí, ni de aquí… ¡pero de aquí sííííí!

—¿Qué me trajiste abue?

—un ramito de embeleso.

—Que me trajiste, abue?

—Un pedacito de algo.

 

Foto: Abuela, 24 años.

 

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