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En las noches del juicio televisado del General yo tenía nueve años y mi hermana solo dos. Ella balbuceaba al lado mío en el piso mientras nos bañaba un chorro frío de plenilunio. Entraba y salía de lo oscuro y eso la hacía reír mucho hasta caerse redonda hacia atrás.

—Lo van a fusilar -dijo mi padre desde la altura, solo veíamos sus piernas y era la primera vez que escuchaba esa palabra: fusilar. Había leído el sustantivo muchas veces en la escuela, pero nunca el verbo transitivo. 

 —Shshsh -dijo mi madre en lo que levantó a mi hermana del suelo y la acomodó a horcajadas para dejarla caer en la cuna, tomó aire profundo como solía hacer. Mejor di cadalso. 

De ahí en lo adelante decían cadalso en lugar de fusilar. Cuando mi cabeza asomaba a la habitación, ella con la mirada arremolinada como una ola en mi dirección, alertaba a mi padre: hay ropa tendida y está mojada, para decir que mi hermana o yo presenciábamos la conversación y más aún, a mí, que era la mayor de dos niñas, me interesaba lo que se estaba hablando.

—Y tú, punto en boca y a la cama y no te metas a la cuna de tu hermana que la vas a aplastar.

Las primeras señales de aviso de lo que es vivir en totalitarismo llegaban así: punto en boca, aquí no se ha dicho nada, esto no lo repitas en la escuela, la ropa está mojada, esto no lo repitas en la casa, los adultos tienen mucho miedo, el Estado es él, lo divertido es diversionismo, la libertad es libertinaje, lo provisional se hace eterno, se usa el doble sentido cuando no lo hay, y se impone un sentido cuando hay muchos.

La vecina de enfrente me agarró mascando chicle y vino caminando hasta donde yo estaba parada de cabeza. Metió la mano en mi boca y hurgó hasta que lo atrapó, me agarró del brazo y me arrastró escaleras arriba. Abrió la mano con la evidencia estrujada cuando mi madre abrió la puerta: 

—Mira esto, en la acera mascando chicle como si nada, como si fuera una melcocha vaya. A que ustedes no lo sabían. 

Mi madre dejó que la vecina terminara, le pidió que nunca más metiera su mano en mi boca ni nada por el estilo, que el espacio personal, que los gérmenes, que además había un catarro muy malo por ahí, el “Elenita”. Mi padre dijo que estaba bueno ya, que su hija era asunto privado de ellos.

—¿Tú le dijiste de dónde salió ese chicle? -preguntó mi madre.

 —Nooo, no, lo juro.

Los chicles, los camaroncitos deshidratados, un perfume añejo, un deshabillé para mi madre, medias con encajito en el tobillo, tenis que tenían que durar pubertad arriba hasta que un dedo rompiera, unos blumitos semanarios decentes solo del sábado y el domingo, unos pocos caramelos, llegaban por dos vías: los mandaban de Miami las tías jubiladas de mi mamá o se canjeaban a Joana Popova.

Joana era una búlgara residente en Cuba, ardorosa devota del trópico; ese trópico papel de pared -de fondo palmeras, aguas tibias, mangos, maracas, ritmos cuerpos y pieles marineras, piñas- sobre pared abofada debajo. El mango es dulce como él solo -decía como su lema- y eso hala cantidad.

Joana vivía en el Naútico, un barrio enigmático medio amurallado y particular, otro estampado aparte al entramado Buenavista o Cubanacán, con otra gran ventaja: condominio solo abierto al litoral, con gente siempre risueña «vestida de ir a la playa” que convivía legalmente con extranjeros. Mi padre y ella se conocieron en 1978 en el XI Festival de la Juventud y los Estudiantes, y diez años después, fue ella misma quien lo introdujo en el mercado negro de falsas delicatessens. Un sábado al mes nos íbamos a su casa, y mientras ella y mis padres ajustaban aquellas absurdas finanzas, mi hermana y yo veíamos “los canales” en la «parabólica”. Mi mamá decía que aquella instalación que sobresalía de su balcón era un adorno que simulaba un platillo volador porque Joana era fan de la ciencia ficción, y lo que veíamos en su televisor no estaba conectado con aquel artefacto, eran grabaciones que mandaban sus hijos desde Bulgaria.

Con ese dinerito de las ventas mis padres sacaban para comprarnos algo a mi hermana y a mí. Compartiendo escuela con hijos de diplomáticos y otras clases, no se harían notar tanto nuestras precariedades -bien disimuladas- producto de una genealogía de obreros y obreras y algunos profesionales de primera generación pésimamente remunerados que trabajaron como bestias. Detrás del decorado la tramoya sostenía la mentira: what do you do for a living? “vivimos de nuestro trabajo”. Ambos sufrían siendo aún jóvenes las consecuencias de una severa intoxicación por cortisol: un ojo que temblaba, alopecia, arrugas, contracturas, boca seca, opresión en el pecho. Mi madre nos incitaba siempre a ir a la playa, decía que cuando la cara choca con el agua fría salada la presión arterial baja, y cuando desciendes unos cuantos metros y tocas el fondo marino, los pulmones se contraen como una naranja. Somos mamíferos marinos alfabetizados. Mi madre no se rendía a la precariedad, buscaba soluciones en lo científico, leía mucho siempre y apuntaba o creaba remedios cuyos ingredientes básicos era: propóleos, ajo, piel de pescado, caldo de huesos, sábila.

Los recibimientos de Joana en su casa adquirían su clímax con la exquisita variación de una ensalada Shopska, sin queso rallado, ni aceitunas negras ni vinagre de sidra, pero hecha por sus manos y aprendida por su abuela y su madre. Por ella conocimos la Moussaka, sin hongos y con los huevos contados, siempre compartida con la anécdota de un primo suyo que se la comía solo por ella, a quien no le gustaba nada cuando era una niña en Sofía. O bien preparaba un Lozovi Sarmi, y mi madre se ponía muy contenta porque así podía aportar algo: las hojas de parra. Conocía el recetario de Joana y luego intentaba reproducirlo en casa, bajando aún más la presencia de los ingredientes, aunque las copiaba en su forma original, el solo hecho de aterrizarlas sobre el papel le daba satisfacción, nunca podía llegar a hacerlas. Después de una sobremesa contaba a mis padres el presente de su país en la forma de consejos prácticos, salíamos todos a caminar la parte de atrás del edificio. Terminábamos la tarde lanzando piedrecitas a un brazo corto que el río Quibú estiraba en esa zona. Comíamos alguna golosina de “la contra”, algún caramelo con un defecto de fábrica, o dos cuadritos de un verdadero chocolate, y allí mismo con los pies en el agua entre malanguetas, sin extasiarme mucho en la fantasía cumplida, yo enganchaba con presillas los envoltorios todavía pegajosos de fragancias y sabores inalcanzables en una colección de evidencias de haberlos probado aunque sea una vez.

En noviembre de 1992, a pocas semanas de las primeras transmisiones de Cartoon Network, Joana se vio obligada a deshacerse de la antena parabólica, y una semana después dejó o se vio obligada a dejar el país. Nunca nos dijo. Ese último sábado hizo mucho frío, nos tomamos una foto los cinco en su balcón. Mi madre, mi padre y ella sostienen una copa pequeña de Rakia de albaricoques.

—-Para el descanso pacífico del alma -dijo Joana y derramó un chorrito al suelo -lloró cuando mi padre la abrazó. 

Ese invierno coincidió con la última vez que vi al tío Emilio, que entró a la cocina un domingo muy temprano de ese diciembre y tiró sobre la mesa un saco enorme que rajó con un cuchillo. De dentro asomó un tiburón Maira muerto, con los ojos blancos y los dientes móviles.

—La masa sabe a orine, hay que ponerle bastante mantequilla y limón o dedicarle una cerveza entera.                       

—¿Funcionará un poco de Rakia? -dijo mi madre y dejó caer un chorrito sobre la masa blanca del condrictio- para el descanso pacífico del alma.

En enero Joana mandó una carta junto a la foto impresa:

“Estoy bien, extraño mucho la isla, pero es insostenible seguir aferrada a algo que no me pertenece. ¿Les pertenece a ustedes? -me pregunto. Algún día nos volveremos a encontrar familia. Feliz Año Nuevo”.

A los pocos meses recibimos carta del tío Emilio, dentro, un billete de 100 “dólares americanos” junto a una polaroid suya, parado delante de un carro que no era de él.

 

Miami, 24 de marzo de 1993

Querida Titi:

Pido a Dios que cuando reciban esta todos se encuentren bien.
Nos dio mucha alegría tu llamada aunque yo no pude hablar, ya iba saliendo para el trabajo. Dos días después de tu llamada llegó la carta. Agüi está muy contenta porque Pancho te pudo entregar todo lo que llevaba para ustedes y que a cada uno le sirvió lo que se le mandó. Por aquí todos estamos bien gracias a Dios, luchando con Cristóbal que está grandísimo y acabando con la quinta y con los mangos. Hace tres semanas lo tuvimos malito con el flu que le ha caído a todo Miami; pero a Dios gracias ya está bien. A todos nos tiene puesto un nombre, se defiende de lo más bien, sobre todo cuando pide su papa. Al abuelo ya tú sabes, lo tiene en un puño, hace de él lo que quiere, debe ser porque ese viejo nunca tuvo un varón, porque a ustedes nunca les aguantó malcriadeces. ¿Verdad?

Agüi está más contenta, está asistiendo a un centro donde se reúnen las personas mayores, es en la iglesia de San Juan Bosco. Allí va dos o tres veces por semana y tienen actos, excursiones, juegan bingo, hacen rosario y les dan almuerzo; ella va para distraerse, así no se queda sola en la casa y no extraña tanto Marianao.

Te envío una foto de la virgen que está haciendo aparición en Yugoslavia, no sé si habrán escuchado algo de eso por allá. Cuatro muchachos en Yugoslavia ven a la virgen en la montaña y cuando están en misa, ella les habla y les dice que ella es la reina de la paz y que recen muchos rosarios y pidan por la paz del mundo. Y tú sabes lo que yo pido, ay Titi, lo que yo pido es que vengan todos para acá. De aquí van allá mucho, incluso Delia la vecina de nosotros fue este año. Esta foto la sacó una señora que trabaja con María, ella iba en el ómnibus y pasaron por la montaña y y el guía de turismo les dijo que tiraran fotos que en algunas ocasiones se puede captar la virgen. Ella tiró 12 fotos y solo en una salió la imagen, esta que te mando.
Jonile les manda cariños, siempre se acuerda de ustedes y de tía Gloria. Cariños para todos, en especial a los viejos lindos de la familia. Recibe un beso grande de quien te quiere y los adora,

Millo


PD: La orden de envío de dinero se ha demorado este mes.

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