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Baño novicio

A la orilla de la cama Fowler mi brazo se estira hasta agarrar el cunero transparente donde te estiras neonato en bicicletas bocarriba. No logro regresar a más allá, al antes de ahí desde el principio, no tengo poder de concentración. El amanecer en la habitación filtra la luz a través de las hojas de un bosque de cristal con pedradas. No te suelto, nos movemos en círculos como todo lo que flota aquí dentro sobre las aguas negras, deshechos sanguinolentos postpartos ajenos, líquidos amnióticos anteriores, puntadas de hilos violetas liberadas en días sucesivos, orines frescos y más viejos, restos de las mujeres que pasaron hace una semana por aquí. A mis pies, envuelto en un pañuelo de tu abuela, todo está listo para tu primer baño. Una toalla amplia que huele a sol de balcón, un paño, un jabón y un jarrito de metal. Un sonido pesado de ruedas se acerca por el pasillo y se detiene frente a nuestro umbral donde no hay puerta. Primero el vagón rodante de tres pisos de pomos de sueros llenos de agua hervida; seguido las tres mujeres que lo conducen, secan sus frentes en una caricia.

__¡Buenos días a la mamá y al bebé! Venimos a auxiliar con el primer baño, necesitamos que preste atención, solo pasamos hoy.

¿Benedictinas, Cistercenses, Cartujas?¿Franciscanas, Dominicas, Carmelitas Descalzas, Capuchinas, Agustinas Recolectoras? ¿Del Sagrado Corazón? ¿Visitadoras, Trinitarias? ¿Mercedarias?

A la cuenta de tres las expertas en la caridad a túnica remangada voltean las aguas en la palangana nueva. A tres voces, cada una en matiz propio dramático, ligero y con carácter, me piden que sumerja el codo en el agua, primera lección. Justo ahí está la piel que calibra con perfección la tibieza del agua. El antebrazo debe estar siempre firme como apoyo para su cuerpo. Todo es resbaloso y tiemblo. La mano húmeda pasa sobre su frente, tiemblo, sobre su pecho, tiemblo, y en primer lugar un paño mojado debe susurrar al tacto que se trata del baño. Tiemblo. Caen chorritos que se forman uniendo los dedos en punta hacia adelante, como lluvia primicia de verano. Mientras pienso “la mano imita el cauce de una hoja seca de Almendro”, el agua jabonosa recorre sus pliegues nuevos y toma varios cursos hasta el remanente umbilical. Constelaciones familiares ancestrales viven en la palma de mi mano que le baña. Sonrío imaginando cómo conectarán entre sí estas memorias estrellas de menor y mayor masa solar, de diferente radio, temperatura y luminosidad. Novas, supernovas, protoestrellas, enanas blancas y agujeros negros. En las plantas de sus pies está el jardín de órganos vitales, la punta de mi dedo se desliza despertando el suelo desde donde respiran sus riñones, su corazón, sus pulmones, su cerebro. Sobre mi mano abierta reposa la cabeza de cabellos espiralados todavía entumecidos de la sangre seca de ayer, como trazos de las madres primeras en las cuevas, rojos y negros. Dentro, blanda y bien resguardada está la mente absorbente. Le hago volar tan suavemente y aterrizar en toalla desplegada: envuelvo, acurruco, seco, acurruco, acurruco, acurruco, acurruco. Por eso huecos donde no hay ventana entra la brisa caliente estival en déjàvu regresivo al parto. Ya va quedando menos del vérnix caseoso en su piel, ya está de a lleno en el mundo.

Mis pies caen de la cama y se adentran en las aguas albañales, las hermanas Mercedarias retroceden arrastrando sus aguas hervidas, sin darnos la espalda, y sin conocer de aquella pregunta de ayer que aún ronda mi cabeza, pronuncian, bendicen y anticipan sus palabras:

—Este bebé estaba en el músculo hueco y piramidal que late en tu cavidad torácica.

 

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