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Declaración de Innocenti: galactógenos

Si duermo bajo los parámetros de un sueño antiguo podré lactar mejor. Seré más productiva si mis ojos no se vician de electricidad. Si mi glándula pineal segrega justas cantidades de melatonina en el momento oportuno. Si me pierdo caminando el bosque de pinealocitos que darán frutos de sueños bajo el solo mandato natural cuando empiecen a cantar los grillos caribeños asesinos de tímpanos. Si no se desordena por el camino la información que llega de la retina. Si majo el comino en el mojo, la malta en la leche, y rumio el ajonjolí tostado que regresa de mi sexto estómago que es en realidad mi cerebro. Si bebo el agua antes, el agua durante y el agua después. Orina y vuelve a empezar. He probado todo. Caricia, beso, beso, caricia, olisqueo, beso, alternando en dobles flexiones del músculo hipofisiario que yace agotado en la silla turca. Dale un descanso, iris materno alineado con el iris neonato, fijamente, encandilados. Me ve en la forma de las nubes estratosféricas polares, me ve madreperla, me ve manchas. He hecho de todo. Todo se desmorona para recomenzar. 

La dentición decidua está escondida desde la sexta semana en el útero, escondidos los incisivos, los caninos, premolares y molares. No se ven pero ahí están. Si tiene la mano abierta, está satisfecho. Si tiene el puño cerrado, tiene hambre. Tiene hambre. El hambre de generación en generación puede ser ambidextra. El aguijón de su hambre se posa sobre las interfaces suculentas de pétalos henchidos de inmunoglobulinas de mi pecho. Su hambre se posa sobre la flor de mi pecho y con mucha dificultad un hilo plateado dulce se dispara y rebana todo, se vuelve sangriento, insuficiente aún para llenar. Hay sangre por todos lados. En mis sueños la leche brota tibia como addimú sagrado destinado a un dios, a una diosa, o a todo un panteón. Cuando la lechuza chilla, hay que decir solavaya. Me paso la madrugada diciendo solavaya y la lechuza se va y él se despierta, y el útero despierta con él. En mis sueños mi leche está llena de triptófanos que le incitan al sueño en el pleno confort higrotérmico de mis brazos.

¡Al fin! Las células lactotropas se abren en mandalas calostro, calostro, calostro… la leche.

 

Pie de foto: !Ay!

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