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Guerra fría y misterios eleusinos

El sufrimiento de una madre de nombre Deméter trajo el invierno a la Tierra. Una madre distribuidora, portadora de las estaciones, condenada por Hades a padecer nido vacío por la separación obligatoria de su hija Perséfone. Quizás sus lágrimas de granizo bautizaron la Nebulosa de Boomerang como el sitio más frío de la Tierra. Más frío aún que la Tierra es Saturno. Y Bainoa sigue siendo el lugar mas frío de esta tierra caliente isla. 

En esta tierra se discute el clima en las esquinas, clima historia, clima política, clima meteorología. En voz alterna se hace la historia y en voz oficial la ucronía de una nación. Lo que pasó, lo que pasará, y ¿lo que pasa? ¡Qué calor! Qué frío. No es fácil. En la lucha… ¿Resolviste? ¿Está soplando el mono? Está soplando. Está soplando de verdad. 

En las discusiones climáticas intra-familiares se disputaba el frío entre Vladivostok y Nueva York. Mis tíos decían que cuando el frío calaba filoso, Vodka, Borsh, y “orejas de oso”. Mi abuela decía que el frío no calaba, que el frío se instalaba, y era chocolate caliente, esponjoso bagel, misa góspel dominical, café en un café con encanto y luz amarilla. ¿Quien conocía realmente el invierno? ¿Dos cuasi ingenieros cuasi niños de 21 años a la buena de Dios en Vladivostok o una muchacha de 24 años agasajada por una tía caminando Harlem por primera y única vez en su vida en 1946? 

Los unos guardaban entizados en nylons: colchas, frazadas, cuellos polares, prendas hidrófobas, térmicos, ruidosas centelleantes cargas de estática que atraían el polvo, vellón. La otra atesoraba una piel de visón entre dos batas de casa y un ajuar precario y útil compuesto de qipaos monótonos de lunes a domingo, que la sobrevivió. 

– ¡Ácaros! – decía mi abuela – esos paquetes de abrigos que jamás volverán a usar.

– !Ilusa! – decía mi tía viendo despedazarse la piel, bajo el sopor de un mediodía cualquiera.

Cada quien mantenía su preciada colección invernal haciendo trabajo de campo de cuando en cuando. El acto de desempacar los abrigos moscovitas despertaba los bronquios aletargados con sus respectivas sensibilidades, agüita por la nariz, ojos rojos, asma, dispersas esferitas lanudas rodantes que se prendían a cualquier cosa y rodaban calle abajo. Las piezas transiberianas se exorcizaban a batazos de madera a diez manos de niños.

Con la piel era diferente, requería otros acicalamientos específicos de metodología a seguir en una leyenda inexplicable que no estaba pensada para lograr sobrevivir en un escaparate tropical. Internaba en terapia intensiva un viernes y resucitaba el lunes, bajo tratamiento de soplos de alcanfor, talco Bebito, vetiver, bicarbonato de sodio y un poco de arroz criollo salpicado. Después había que peinarla, orearla, despojarla, nutrirla de vitamina D en la tendedera antes de las 9:00 am, acariciarla, hablarle y colgarla de regreso a su perchero para intentar retrasar la inminente llegada de su temida alopecia.

A la edad de 12 la ventisca sostenida de un temporal con nombre de mujer impactó sobre esta huesuda complexión encorsetada en abrigo de 4 tallas menos, de espalda a calderos propicios en cualquier estación. Ese diciembre el espíritu gélido penetró cada ventana raída, cada dintel flojo, cada tabla desconfiada, cada teja temblorosa, cada yagüa, cada grieta, cada fisura, rajadura; enfrió cada hierro, cada viga, cada verja, cada andamio, candado, cabilla, clavo; despegó cada junta, cada yeso, cada masilla; congeló cada bache, cada mesa, adobe, rosetón, puerta arrugada; ralentizó ascensores y carretas; sobrecargó cada apuntalamiento; rajó cristales a un tajo, dolió dientes y muelas, tibias, caderas, sienes. Margaret desolló nuestros cueros cansados malacostumbrados a una sola franja climática, heló las lágrimas que, como Deméter, estaban derramando nuestras madres, y nuestros padres, y todos los nuestros. 

En Nueva Europa, al sur de la Habana, una olla enorme de tisana de hierbas caprichosas aledañas al campamento, severamente endulzada, fue lo único que alivió a 300 niños tullidos de frío de los que se esperaba trabajaran, de los que se esperaba produjeran, con solo 144 meses de edad. Mi abuela llegó en un camión, corriendo a socorrerme con los restos del visón cuando en portada de prensa anunciado leyó “Frente frío azota el sur de la Habana”. Abrazada al animal dormí las veintiuna noches restantes en lo que Margaret entró, se estacionó y luego salió rumbo al Golfo.

En uno de los peores golpes bajos del calor y del gobierno, cuando el producto interno bruto cayó al 11 por ciento en el termómetro de la crisis nacional, mi abuela guardó, paranoica y aterrorizada, la piel en el congelador del Westinghouse. Ibas por un durofrío y allí estaba aquella bola de pelos en tonos caramelos escarchada en una jabita, sellada al vacío, patitiesa, entre un jurel boquiabierto y una ristra de croquetas. La piel que una vez en vida corrió libre los márgenes de los ríos en las grandes llanuras del hemisferio boreal. La piel – cazada, remojada, piquelada, curtida – que abrigó su piel – cazada, remojada, piquelada, curtida – cuando ella una vez sintió furibunda libertad.  

Pie de foto: Una de las pieles que fotografió Constantino Arias, no la de mi abuela.

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