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Botiquín propio

 

La mayoría de la gente 
no suele ver en las nubes otra cosa 
que una masa de vapor acuoso suspendido en el espacio, 
pero Percy B. Shelley advierte en ellas…

 

Una madre cubana aspira a tener su propio botiquín. Quizás el botiquín es su habitación propia, allí donde ella quisiera caminar a sus anchas. Quizás una madre pueda sentarse a escribir al final del día dentro de su propio botiquín, no se conforme, sueñe con escribir entre jarabes, antipiréticos, mucolíticos, antibióticos y vitamina C, si es que las encontrara de contrabando. Quizás, como Doña  María Chaple, la escritora nunca llegue a ser ella, sino su hija ahora febril y temblorosa. 

 

De a todas, y por si acaso, una madre cubana, en cualquier junio, deberá improvisar un botiquín a la espera del amanecer filtrado en nácar de la nube sahariana. María Chaple llevaba la llave pesada de su botiquín al cuello, su bata blanca, y sus tacones muy altos con los que subía los tres pasos de su escalera a las puertas de ese mueble, que su hija, René Méndez Capote recuerda como el lugar donde estaba todo aquello que les salvó la vida a ella y sus hermanos. Allí, en los predios de su poderoso botiquín, ella encontraba siempre protección para sus hijos. Nosotras las madres cubanas no tenemos nada, o casi nada, mucho menos un botiquín.

En junio, el Sahara entra. No hay bisagra capaz detener su microscópico flujo por los más insospechados recovecos. Persiste unas cuantas noches y luego sigue rumbo así como si nada. No llega para quedarse indefinidamente, como un virus, en el fómite. O como el dengue que persiste hasta octubre en el aguijón del mosquito. La nube deja una coma de madrugadas largas de dromedarios, zorros, cabras, antílopes, gacelas, guepardos, víboras, perros salvajes, matorrales de espinas, acacias, datileras, suculentas, esparto, polvo y cristales del Tanezrouft, noticias de los Tuareg y los Bere- Bere. Tos arenosa de los mares de tierra y los salares, seres albinos que caminan, se arrastran, vuelan, noctámbulos, tos que no expectora ni suelta, silba, desgarra, irrita, tos que arde, tos que duele de leyendas nómadas, de falta de aire, tos improductiva en el equinoccio del pulmón, tos noctulica, azul.

 

De la primera tabla de su botiquín, la señora Chaple extraería el Glycotimolín, de lindo color morado, para gárgaras y lavados de oídos y narices. Sacaría por si acaso la Cola Cardinet y Quinium Labarraque, para después de las fiebres y catarros. También la Solución Quarre, licor de rábano yodado y licor de berro, para desarrollar muchachos sanos y contrarrestar el efecto de las anginas, tomados meses antes como suplemento preventivo al paso de la nube. No podría faltar aquella Emulsión de Scott, que hacía soñar con la pesca de altura en mares helados y cubiertos de neblina, en las que los marineros no podían quitarse la capa de agua ni soltar el bacalao dencima de las espaldas musculosas. 

 

De la segunda tabla, tomaría los Bloquecitos de alcanfor, que metidos en una bolsita eran eficaces para levantar una muralla mágica que no hay epidemia capaz de escalarla. Casi imprescindible sería la Enjundia de gallina, frita con orégano y laurel, que bien caliente, curaba la ronquera, la bronquitis y los dolores de garganta. Muy oportuno el Mentol en cristales, que, diluido en alcohol, aliviaba los dolores de cabeza más rebeldes, idóneo para el desvelo y la preocupación, síntomas persistentes de una madre que cuida bronquitis. 

 

De la tercera y última tabla, tomaría en un santiamén lo que más fé inspiraba: la magia de las yerbas. Bejuco ubí, para asmas y catarros. Poleo blanco, para los enfriamientos del pecho. Borraja, para las fiebres, por si eran eruptivas. Agradecería con una vela y un vaso de agua en bóveda, a las madres anteriores experimentadas en la fé de la fitoquímicos que pululan en el monte. Quizás nosotras las madres cubanas podamos, aunque sea, disponer de la tercera tabla y contar con algunas hierbas.

 

Hoy, de este botiquín, salen madrugadas de cuentos y prospectos en otra lengua que se leen a voz ralentizada y quebradiza con notas dulces cansadas, aerosoles, plancha de paños tibios plancha, Dipirona de 300 mg y compresas para enfriar la fiebre, aerosoles, cuentos nebulizados de Oriente, aerosoles, infusiones con miel, Prednisona, balanceo de sillón, cataplasmas de orégano ecuatoriano de maceta en el portal, masajes caminantes de pies enterrados en las dunas de su espalda hacia la nuca y la planta de los pies.

 

En el botiquín propio de una madre cubana jamás debe faltar el perejil, que, mezclado con alcohol, y azúcar, es remedio para la amargura de las injusticias. Este tópico no lo hay en los dispensarios de las farmacias de Turno Permanente ni lo trae la vendedora clandestina de fármacos, no lo hay ni en los centros espirituales, pero hay que prepararlo y tenerlo, por si acaso, sobre todo en los tiempos que corren.

Pie de foto: Botiquín de hierbas para curar el alma, al más interior de los interiores del monte cubano, by Juan Carlos Alom.