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La bibliotecaria del Materno

Lo twitteó Eleanor Crumbehulme, que «recortar en bibliotecas en recesión es como recortar en hospitales durante una peste». Y en este caso, coinciden bibliotecas y hospitales, recesiones y recortes, muchos recortes, en la biblioteca del Materno.

Transcripciones de una conversación con la ex-bibliotecaria de una ex-biblioteca de hospital, de ex-nombre Maternidad Obrera.

I

Yo quería un helicóptero. Quería tomar una foto desde el aire porque este lugar tenía la forma de un útero. Logré conseguir una cita con un cartógrafo. Llegué, entré a una oficina y luego me hicieron entrar a otra a esperarlo. Aquel hombre que se encontraba muy ocupado, el cartógrafo, era un militar, se me presenta, saluda y me dice: ¿usted cree de verdad que yo voy a coger un helicóptero para tomar desde el aire una foto de algo que parece un útero, con tanta cosa importante que hay por hacer en este país? Era una cara como de «quien es usted para pedir eso», «a mí que me importa un útero» y «cómo se le ocurrió semejante cosa», y entonces me habló del horario, del clima, del personal, me habló del ahorro energético y todas las demás justificaciones que impedían tomar una foto aérea. Le digo: bueno, discúlpeme, yo pensé que se podía. Doy media vuelta y me voy. Como a los seis meses recibo una llamada y me dicen que por fin me tienen una foto aérea del hospital, una imagen del satélite.

II

Un día pregunto yo si aquel hospital tenía historia. Y me responden, no, este hospital no tiene historia. Me pongo a buscar, y encuentro una hoja gaceta escrita por delante y por detrás, en dos párrafos con letra grande, estaba resumida la historia del lugar. Entonces me dicen: no busque tanto y hágala usted. Y yo digo: ¿hágalo yo? No, yo no puedo, yo estoy estudiando, trabajando, y tengo un niño pequeño. Además, no tengo en qué moverme, y para hacer esa historia y atar tantos cabos sueltos yo tendría que moverme mucho. No importa, hágala con calma, me dicen, nadie está apurado. Y a partir de ahí empecé a preocuparme por eso, aquel lugar donde tenía lugar la vida, sin historia. Cogí una hoja y abrí un signo grande de interrogación. Primeramente yo tenía que saber quien hizo el hospital, ¿por qué? ¿para quienes?¿quien aportó el dinero para hacerlo? ¿este terreno que fue antiguamente? ¿quienes fueron los arquitectos, los ingenieros y los obreros a cargo? O sea, comencé a hacerme muchas preguntas a partir de ahí, muchas.

III

En el hospital teníamos una revista científica y un boletín con su logotipo y todo. La madre de piedra que está afuera, la escultura, aparecía en el boletín. Era muy lindo porque era un boletín cultural. Siempre la última página se dejaba para una poesía muy bonita que podía ser de cualquier autor o autora. Casi siempre se usaban poetas árabes, a propuesta de la secretaria del director, que era una mujer que tenía mucha cultura y sabía de eso. Era bilingüe y taquígrafa, o sea, no era cualquier cosa, ella misma también escribía poesía y las intercalaba en las publicaciones. Por ejemplo, recuerdo una vez en el fallecimiento de un recién nacido, ella escribió una poesía muy linda, tan linda que a veces trato de recordarla completa pero solo retuve fragmentos. Hace poco yo llamé al hospital y ya nada de eso existe. Y yo pregunté ¿y todo eso dónde está? No existe nada, nada, no sabemos, no existe, se perdió.

El boletín era un cosa más interna de nosotros, un deseo de arte total, pero la revista no. La revista científica salía con papel cromo y se canjeaba por revistas extranjeras. Eran publicaciones de nuestros obstetras sobre los casos con gran relevancia científica de nuestro hospital. Se hacían tiradas bimestrales y se intercambiaban con todo el planeta. Nosotros recibíamos también revistas del mundo entero en lenguas que ni conocíamos. Ese canje existió hasta 1964, pero cada vez menos. Yo las cuidé mucho pero ya tampoco existen. Las usaron un día para una exhibición en el anfiteatro y se perdieron también. Ya no pregunto más por ellas, se perdieron y punto.

IV

Había un museo de anatomía maravilloso con piezas increíbles. Recuerdo una en especial, una mujer con enanismo que falleció muy joven. Había una gran variedad de piezas, quistes de ovarios, tumores, cortes, mamas, todas piezas muy lindas, unas reales y otras recreadas en cera. Entonces un día se dijo que ya no había formol para mantener las piezas reales. Y por lógica de la escasez todo eso se fue eliminando y eliminando. Muy triste, esta parte en que se hizo todo un desastre, fue muy triste para mí. Un día de enero, recuerdo que hacía un frío muy grande, convoco al fotógrafo del hospital y le digo: quiero que me hagas fotos de todo esto, de todo. Entonces se nos ocurrió la idea de comprar un álbum con nuestro dinero, y montar todas aquellas impresiones, y llevárselo como presente al director del hospital. Pero ahora mismo yo le aseguro que nada de eso existe, nada, estoy segura. Yo pienso que haya sido ignorancia, ¿quizás?

V

Tuve mucho tiempo los libros de parto conmigo. Cuando vi que se estaban destruyendo sus hojas me los llevé a la biblioteca y los guardé. Pedí permiso y comencé a repararlos con mucha paciencia, todas aquellas hojas sueltas regadas por doquier, libros con los récords de nacimientos. En estos libros aparecía el día que la madre ingresó, cómo fue el parto, quien le atendió, que médicos, qué enfermeras, ¡ah! y qué le hicieron con una detallada descripción. Después sucedió que venía mucha gente curiosa preguntando por información del libro, y como yo no disponía de tanto tiempo para contestar todas aquellas preguntas, pues lo entregué confiada, y no sé qué se habrá hecho. ¿Se habrá perdido? ¿Cómo fue eso? ¿Cómo ocurrió? ¿Cómo pasó? No sé, no tengo idea. ¿A quién puede molestarle un libro de partos? También se perdió una caja con fotografías.

VI

En cierto momento un médico donó al hospital un libro de cirugía obstétrica impreso en Inglaterra, un magnífico libro con imágenes muy hermosas. Todos estábamos muy felices con su donación, hasta que de repente un día él mismo lo pide prestado para un colega suyo, y nada, pasó el tiempo, y se le olvidó devolverlo a la biblioteca. Sucede que nos responsabilizó a nosotras de la pérdida, pensando que lo habíamos regalado a un estudiante, atormentado imaginando qué pudo haberle pasado a su libro. Esto me afectó y me marcó mucho porque siempre tomé muy en serio mi trabajo. Siempre cuidé esos libros como hijos, no dejaría que nada malo les sucediera a ninguno, a ninguno.

Entonces el director me llamó a contar, y eso fue un desastre para mí. Un buen día me dije que no, que no podía seguir arrastrando ese peso en mi conciencia por algo que no había hecho y mucho menos soportar de manos cruzadas la falta de un libro tan importante y solicitado en la biblioteca. Tuve la suerte y la dicha de que mi familia que vive en los Estados Unidos, en Nueva York, me ayudó. Mi hermana compró el libro para reponerlo a un costo de 150 dólares en aquel momento. Qué pienso yo, que todo se había solucionado, me compraron el libro y ya, remedio santo, libro regresa a biblioteca, pero no, cuando lo van a mandar a Cuba, resulta que el libro no puede entrar al país. Estaba terminantemente prohibida la entrada de un libro de ninguna parte, aunque fuera un ejemplar como ese, un libro con fines científicos. Ni atrás ni alante lo dejaban entrar. Entonces se me ocurre escribirle personalmente al director del hospital Mont Sinaí de Nueva York quien había orientado a mi hermana sobre la compra del libro, para que me ayudara con su influencia como médico a entrarlo a Cuba. Le cuento todo lo que me había sucedido y mi interés en reponer ese libro en mi biblioteca para los estudiantes y profesionales, que tratara de ayudarme a que ese dichoso libro traspasara la frontera cubana. Entonces aquel señor, director del Mont Sinaí intercede amablemente y me lo manda de manera directa a través de la institución, pero que pasa, cuando llega a la Aduana cubana tampoco me lo entregan a mí, se lo hacen llegar al Ministro de Salud directamente. El Ministro se queda un año entero con el libro, un año completo, por Dios, hasta que parece que un buen día se cansó de verlo y tenerlo en su oficina, y me manda a llamar.  Me dice: usted tiene aquí conmigo un libro que le han mandado de Nueva York. Ahora yo necesito que usted me explique por qué usted necesitó que le mandaran un libro de tan lejos. Le hago la historia y finalmente me devuelve el libro. Feliz coloco el libro de tal calibre en la biblioteca del hospital.

Un mediodía estoy yo en la biblioteca tomándome un café y llega aquel doctor que había donado el libro, con una sonrisa en su cara, y me dice que el libro perdido sí lo había sacado él y no se acordaba, que lo había encontrado ahora en su biblioteca personal. Me lo devuelve, da media vuelta y se va. Recuerdo que pensé: ojalá lo parta un rayo por todo lo que me ha hecho pasar, pero nada, al final nos quedamos con dos libros de cirugía obstétrica.

VII

Debajo del sótano del hospital había crías de faisanes. Se comía muy bien. Los platos, los vasos, los cubiertos, las tazas, todos estaban marcados con el logotipo del hospital, rótulo en blanco con listas azules. Eso también desapareció. Se servían las mesas con manteles, con sus jarras de jugo, de leche, de agua. Al principio había un muchacho muy joven entre el grupo de cocineros. A nosotras nos gustaba llevarlo a competencias de natación, y le hacíamos fotos de todo, porque por suerte nos llevábamos al fotógrafo con nosotros. Cogimos varios premios en natación en diferentes años. Le hicimos un libro de sus recuerdos. Todo eso se perdió seguramente. Estoy segura.

VIII

Una vez se me antojó tener un carrito y lo mandé a hacer de madera, uno pequeño en el que tú ponías los libros así paraditos, a ambos lados, y podías llevarlo rodando por todo el hospital. Ofrecía lectura a todas las pacientes, sala por sala. Tú querías un libro y yo te lo llevaba, y en el mejor de los casos lo escogías tú misma del carrito. Había préstamos de corta estadía y de larga estadía, en dependencia, si eras paciente de parto natural o de cesárea, o pacientes que esperaban cirugía. También trataba de tenerles siempre revistas, Bohemia, Mar y pesca, Mujeres, Correo de la Unesco. Todo era en calidad de préstamo mientras estuvieran ingresadas, y esto incluía por supuesto, a las acompañantes. Eso lo empecé a hacer muy pronto, entre el año 62 y el  63, y se mantuvo ininterrumpidamente por cinco años, como parte de una gestión que hice con el Instituto del Libro. Ellos venían y me descargaban lotes de libros casi semanalmente. Siempre se mantuvo el movimiento hasta un momento en que se fueron separando las entregas por la falta de combustible. Ya cuando los libros no llegaban al hospital, yo me iba en lo que fuera a buscarlos. Tuve libros maravillosos en el carrito. Hasta mi esposo se involucró y me ayudaba a mantener actualizada la colección móvil. Él era médico y viajaba mucho a Isla de Pinos en esos años, y allí en aquel lugar donde se quedaba se recibían muchos libros, de toda clase, él me traía siempre los que podía, libros muy originales en su primera edición. Había amor, mucho amor. Tú ingresabas a parir y yo solo quería que fueras feliz, que leyeras.

 
Pie de foto: Una librería muy pequeñita, muy pequeñita, muy pequeñita, en el centro de Centro Habana.