Cargando

Woodworth Diez Centavos

Para nadie aquí Woodworth está en Louisiana o en Dakota del Norte, aunque el remanente que pisan nuestros pies lo dice en bronce. El Diez Centavos se redujo a Tencén. Una entrada da al pasado y la otra da al futuro. Dentro el presente se descompone, huele mal.

Los tejanos desgastados jubilados de un hombre alto de 60 y tantos, encorvado (está en ese momento en que el corazón se pega más a la espalda) traspasan primero que el cuerpo el umbral, siempre por la puerta del pasado en dirección a mi cola. De melena rala de idea fija y cabellos que se suicidan sobre el chaleco de flecos de vaivén ralentizado. Siempre comienza igual, aparca su motor en la acera, un esqueleto de ratón oxidado al sol, que ha recorrido los bosques húmedos de Pinar del Río, el desierto que comienza a verse ya por la llanura del Cauto, las tierras cubanas, amarillas, rojas, negras, marrones. Sube el contén y la gente le grita horrores. Saluda en un gesto antiguo caballerizo y la señora que siempre vende algo en la entrada le tira un ojo a la moto. Yo también le tiro el ojo de lejos, a toda su talabartería, los moños, los cuernos, y el asiento como tumbona a la arena, el tanque que hierve, el bolso doble con grabados, su nombre, el de ella. El solo aire de libertad, quedan muy pocas cosas por aquí con ese aire. Yo quiero respirarlo. En el bolso del ala izquierda: huevos y pan; en el derecho, aceite y una bolsa de leche en polvo, la moto marsupial con sus crías desnutridas a cuestas, recién nacidas en las colas de su día.

Estamos dos veces al mes en Woodworth por más arroz. Él lleva 5, yo llevo 10 libras. Nosotros somos cinco. Él es quizás solo con sus talabarterías y la idea fija, o acaso con Alina, el nombre repujado en el bolso de la derecha. Todo demora, hay mucho calor. Saco un libro y lo leo en zapping, como leía Eve la vampira en Only lovers left alive, que vampira tan sabia esa. Por ese pasa pasa por el papel, o por el fregado, o por lavar el arroz, o el lavado, el año pasado cuando fui a renovar mi carnet de identidad me dijeron que no tenía huellas dactilares. 

–Vuelva a entintar los dedos.

Y nada, unas pocas líneas insípidas que se evaporaban en segundos.

–A ver qué podemos hacer por usted.

¿Qué pueden hacer por mí? Temblé. ¿Cómo las perdí? ¿Cuál es la solución si es que la hay? Al final con gran esfuerzo quedaron impresas en el documento, vagas. ¿Adónde fueron a parar los pulpejos de mis manos?

Por suerte llega ella con una luz en la frente y me saca de estos subterfugios cavernosos de la cola. Una mujer oriental que lleva como si nada una armonía tremenda de inteligencia y belleza. Un gesto que hace y repite delata una psiquis organizada como un mandala, protegida por una trenza corpulenta que da vuelta de fular a su cuello alto y se pierde dentro del vestido desgastado donde único se estampan flores. Saca la mano del bolsillo y me regala una piedra. La piedra también tiene estampada la primavera. Me pide comprar conmigo, le digo que sí, tiene a su madre fuera esperando con su bebé. Conversamos, olvido al motorista detrás nuestro, llega nuestro momento y la dependiente saca de entre los sacos de arroz dos negligés de poliéster, uno fucsia y uno amarillo y una bolsa de tanguitas transparentes. ¿Les interesa, muchachas?

 

Pie de foto: Canastilla en la vidriera del Tencén.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.