Después de mucho tiempo, hace unos días estuve más activa en instagram que aquí. Muchos de ustedes me escribieron preguntándome sobre si había abandonado este espacio. Agradezco inmensamente el apoyo de todos. Las personas que me leen aquí cabemos en el espacio de mi pequeño hogar hoy y para mí es lo más grande. Esta es quizás mi habitación propia, y así ha sido también gracias a ustedes que me han leído y sostenido en reciprocidad desde 2020 cuando aterricé mi escritura aquí. Sinceramente, me sorprendió recibir tantos mensajes.
Natalia, sobre las fotografías de mi primer embarazo, no tengo más que una que no conservo. Apenas la recuerdo; fue una foto que me tomó mi tía una tarde en el primer cumpleaños de mi prima. Hace unos días una amiga me envió esta foto que encontró de unas semanas después de dar a luz a mi primer hijo. La verdad es que tengo muy pocas fotografías de esos años.
Sí seguiré publicando por aquí, aunque quisiera dejar reposar Maternidad Obrera. Tengo una parte importante de estas escrituras en Cuba, que pronto podré traerlas conmigo a Nueva York. Hace un tiempo comencé un nuevo proyecto de escritura que hoy quisiera retomar: Llegar y Vivir. Este comenzó a modo de columnas breves, también con fragmentos de diarios desde 2022 cuando dejé mi país. Un viejo amigo me propuso comenzar a publicar en Substack, y aunque no conozco muy bien la plataforma sí quisiera experimentar nuevos espacios online. Me gusta mucho el formato de trabajar en columnas como estudios de un proyecto naciente.
Hoy necesito regresar a mí, y la escritura en solitario me da esa posibilidad. Siempre sostengo que la escritura me salvó y me ha salvado, no una, muchas veces, desde que fui niña. La primera vez que algo terrible me sucedió fue en la escritura donde encontré sanación y refugio. Quizás no fue desde lo consciente, pero sí fue escribiendo que dejé mi voz interna hablar y lidiar con grandes sucesos incomprensibles para mí. Quizás siempre escribiré como una niña, con un palo sobre la arena en blanco a la orilla del mar. No me frustraba ver las palabras desvanecerse con la espuma de la ola. Lo hacía una y otra vez. Y acaso sea ese el destino de mi escritura: procesos.
Hoy, en necesidad de una sanación holística, recurro otra vez a la psicoanalista Junguiana contadora y guardiana de antiguos cuentos de la tradición latinoamericana que hace 8 años me salvó la vida: Clarissa Pinkola Estés. En un hermoso tratado de más de 700 páginas, Clarissa nos prepara para volver a correr libremente. Habla de todas nuestras expresiones y dedica profundas reflexiones a la mujer escritora, buscadora de sanación y libertad a través de la expresión, del lenguaje. Resalta la importancia de crear espacio y tiempo para su voz interior. La mujer sana se parece a una loba, la lectura de Clarissa es un reconstituyente para quienes tanto lo necesitamos.
Cantando sobre los Huesos es su manera de introducirnos en el universo de la naturaleza femenina instintiva, la cual ha sido mal administrada y relegada al territorio más yermo de la psique: «los lobos y los coyotes, los osos y las mujeres inconformistas se les considera erróneamente poco gratos, total y congénitamente peligrosos y voraces». Hoy releo estas páginas introductorias y no puedo dejar de imaginarlas en relación a una fotografía que el padre de mi hijo mayor me tomara en el año 2001. Pude verla recientemente después de muchos años. Me sorprendí mucho al verla, aunque no la tengo actualmente, por lo que no puedo compartirla aquí. En la imagen, en blanco y negro, me encuentro situada en la esquina izquierda del cuadro en un espacio natural sosteniendo huesos en mis manos. Quizás los huesos de un chivo, una gallina, un gato o un perro, huesos blancos de sol, limpios y calientes. En Cantando sobre los Huesos Clarissa describe los procesos regeneradores de lo femenino a través de un ritual chamánico de iniciación femenina, que me hace pensar mucho hoy en esa imagen:
«La única tarea de La Loba consiste en recoger huesos. Recoge y conserva sobre todo lo que corre peligro de perderse. Su cueva está llena de huesos de todas las criaturas del desierto: venados, serpientes de cascabel, cuervos. Pero su especialidad son los lobos.
Se arrastra, trepa y recorre las montañas y los arroyos en busca de huesos de lobo y, cuando ha juntado un esqueleto entero, cuando el último hueso está en su sitio y tiene ante sus ojos la hermosa escultura blanca de la criatura, se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar.
Cuando ya lo ha decidido, se sitúa al lado de la criatura, levanta los brazos sobre ella y se pone a cantar. Entonces los huesos de las costillas y los huesos de las patas del lobo se cubren de carne y a la criatura le crece el pelo. La Loba canta un poco más y la criatura cobra vida y su fuerte y peluda cola se curva hacia arriba.
La Loba sigue cantando y la criatura lobuna empieza a respirar. La Loba canta con tal intensidad que el suelo del desierto se estremece y, mientras ella canta, el lobo abre los ojos, pega un brinco y escapa corriendo cañón abajo.
En algún momento de su carrera, debido a la velocidad o a su chapoteo en el agua del arroyo que está cruzando, a un rayo de sol o a un rayo de luna que le ilumina directamente el costado, el lobo se transforma de repente en una mujer que corre libremente hacia el horizonte»…
Hace unos días publiqué en instagram fotografías de algunas mujeres de mi linaje materno y paterno, y brazos que sostuvieron a la niña que fui. Lo hice inspirada en esta lectura, atravesada por esas mujeres que he sido y soy, en mis células y en mi psique, y a las que retorno para sanar y renacer, sobre sus huesos y los huesos del matrilinaje. Alguien me preguntó sobre por qué uso una canción que habla del olvido si estaba mostrando a las mujeres de mi linaje femenino. Solo me valí de esas palabras , las dediqué al como la cultura nos puede inducir al olvido, al desconectarnos de nuestra naturaleza salvaje femenina, de la intuición, cal omo vamos procurando olvidar quienes somos, las mujeres que hemos sido, suprimiendo y reprimiendo como formas de supervivencia en personajes que encarnamos y de los que nos valemos. Estas mujeres son mis fantasmas, mis protectoras, mis lobas, de las que hube salido yo de entre un montón de huesos que alguna noche ellas también juntaron.
Hoy agradezco tener acceso a otros recursos que nunca antes tuve en mi país por más que los intenté hasta el cansancio, y que muchas de ellas tampoco tuvieron, como la independencia económica, o la garantía de lo básico para vivir dignamente. Me encuentro en un momento de sanación, me apoyo en la meditación, las pesas, la terapia, la danza, las caminatas y pequeños gestos diarios que también son empoderadores y medicinales. Hoy agradezco inmensa y verdaderamente con todo mi ser a ustedes que me leen en escrituras que hablan de fatigas, pérdidas, harturas y duelos, también en la búsqueda de sanación, fortaleza y amor. Aceptar la tristeza no es una derrota, aceptar que fallamos en un intento de reconciliación no es una derrota, aceptar que sentimos apego hacia las personas que amamos no es una derrota, son nuestras maneras de existir y no tenemos que invalidarlas ni esconderlas. Y así es como elijo existir, en aceptación, abierta y libre, en entrega, en amor.
Les abrazo y agradezco con todo mi corazón sus lecturas y mensajes!