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La herida.

Bárbara encaja su cabeza en los barrotes férreos -transeúntes, autos, bullicio, un hombre de espaldas, el mar al fondo- y se desprende. Zambrano prende su boca sin dibujar a la mama de una tierra prenatal que la nutre de un calostro dulce y terroso. Sus melancolías se encuentran frente al espejo de sus jardines en dialelo, en imágenes del paraíso y también del infierno. Emprenden respectivos viajes solitarios a través de los limoneros de sus patios. Dondequiera que se ubique un jardín en una isla será siempre un jardín cerca del mar; quemado de sal, cercenado por proyectiles de arena, plantado de resistencia.

Para Natalia Ginzburg la melancolía es algo que nos atraviesa a todas las mujeres del planeta. La capacidad de hacer una pausa y retirarse, mirar hacia dentro y asomarse al pozo. Ser solo feliz a ratos, tropezar con pequeñas alegrías, dejarlas ir, respirar, y asomarse al pozo.

¿Cómo matar la identidad? ¿Cómo cuidar de un jardín nuevo encima de un vanité y lograrlo libre, despojado de identidades y taxonomías? ¿Cómo alternar sanamente entre melancolías y pequeños tropiezos de alegrías como gravas que tracen caminos entre rasgos adaptativos de supervivencia y rasgos genuinos?

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