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La primera lección siempre vino del mar. No importaba si primero hería o ardía en consecuencia, siempre le sucedía luego el sermón, no importaba el orden. Mi abuelo resumía todo lo bueno y lo malo del mar en una oración: una ola nunca viene sola. La sal que seca el pescado, también curte el cuero marinero de nosotros los isleños. La sal hace lo mismo en el cristal, entre el paisaje y la mirada de la niña por entre las ventanas níveas de maderas reventadas y herrumbrosas. El horizonte a diferentes alturas en una línea brillante salada ascendía en la sala, se enderezaba en el comedor y descendía en pendiente abrupta en el resto de la casa. En chivichanas desde la 15 se llegaba directo al agua. El mar se fragmentaba en pequeñas ensenadas entre las persianas y se representaba en 1/5 o 2/2 en cada oportunidad hacia el exterior. La ventana del baño, maja, desnuda y acostada, dejaba entrar a la ducha el cocotero del patio de los vecinos. A veces a determinada hora de la tarde era rosa el mar. El mar se posaba sobre lo dulce también, no había dulce en estado puro.

En la hora de la ascensión helíaca sobre la pared azul cerúleo se despabilaban seres fotosintéticos y otros, antozoos, mujeres asoleándose, erizos, hombres barbados, conchas plisadas recién planchadas, pequeños albañiles apelmazando la arena viviente, anémonas, estrellas y ofiuras, cuerpos enterrados a la orilla cabezas afuera, biajacas, rabirrubias, agujas voladoras, barracudas, el barquito portugués, esponjas y cucarachas de mar. Los restos de superficie de la barrera coralina dragados tierra adentro se montaban en el viento, y también el polvo marino, el jazmín, el vidrio pulido, el café, los exoesqueletos de foraminíferos y erizos en simetría radial pentámera.

En la pared castaña acontecía la madrugada del monte, se encendían los ojos del Zorzal gato, del Rabihorcado, de los sinsontes y los patos agitados recién llegados del norte, de los tomeguines, de la Garza Real y los azulejos. Ojos de iguanas, perritos de costa, lagartijas, salamandras y chipojos, de cocuyos y cucubanos, alacranes, jubitos, culebras ciegas, seres que brillaban con luz propia por fotóforos o diminutos órganos luminiscentes. En la pared contigua, entre zonas de umbra y penumbra parpadeaban eclipsados los flamboyanes, el cundeamor, la uva caleta, la espada de Santa Bárbara y la de Changó, la malanga fluorescente y la areca de lomo plateado, el platanillo, una palma fósil de corazón de lana, y más de toda la espesura verde y sata salpicada de la fauna autóctona municipal sobre el suelo ferrolítico madrepórico de Cubanacán; que es algo que está en el centro, algo que está en el medio de algo, pero que estaba realmente al oeste: un barrio con denominación de origen taína y derechos auríferos a las más bellas puestas de sol.
Los vientos alisios —amables, lisos, lánguidos a veces, vigorosos cuando hizo falta, delicados— que llegaban de la costa hacían chirriar las bisagras en resistencia al pestillo de brazo, fluían horizontales y limpios, en ramilletes a tiempo filtrados y redirigidos sabiamente por los gigantes árboles de las mil ramas del parque de enfrente, “las brujas”, que en las tardes más ventosas tensaban sus lianas y escobas y dispersaban el vapor despedido a borbotones de las furnias cementadas. Las brisas pesadas de minerales repartían los nutrientes que de otra forma no alcanzábamos a tener y que incitaban a la siesta posprandial mientras se estiraban los huesos de nosotros los niños y mejoraban con sus vahos los pulmones de los adultos enfermos que nos cuidaban. En un momento del año en que el Central Toledo de El Palmar despertaba unas horas de su letargo, entraban los contraalisios directamente de Marianao, un bloque de viento sur, dulce y carrasposo en proyectiles de raspadura que dejaba caer gruesas pestañas de hollín. 

Si una pluma de Azulejón, de Negrito, de Tingulillo  o Degollado se colaba a la casa mi madre la enterraba en un vasito con arena y la ubicaba en una especie de altar que se alzaba casi oculto entre dos columnas. Las plumas habían volado cerca como la del Azulejón o el Negrito o lejos como las del Degollado de pecho rojo que bajaba de Canadá, pero como quiera que sea estas habían despegado de la tierra. Todos los huecos del apartamento hospedaban objetos diminutos y fotografías enmarcadas en barroco. La vida sin altares no es para el Caribe, aquí el minimalismo no prende, y si prende, no fructifica, enseguida se abandona esta tendencia desempolvando objetos y reparándolos, para muchas otras vidas. Si una planta muere, rápido se sustituye por una de plástico más grande que la anterior, mientras la de verdad crece. Después conviven todas, las plásticas y las naturales y se confunden unas con otras mientras se rellena la vida con souvenirs augurios de viajes, aunque sean viajes ajenos; un madreño de abedul, unas mamushkas, un caurí de Mozambique, un sombrero mariachi, un palo de agua, dispuestos como un batallón, por si acaso. Se cree que ese ejército de objetos y la talasocracia tienen todas las respuestas. El mar todo lo cura, el mar todo lo puede, todo lo salva, todo lo trae, todo lo lleva, todo lo mata. Las ondas de las olas nos desplazan o nos lavan.

Una de esas tardes sobre el suelo almidonado mi padre me leía otra vez “Mamá, Papá y yo” de Heinrich Brückner, editorial Gente Nueva, 1987:

—“el niño en realidad no entra en la mamá, surge dentro de ella de un pequeño huevo. Este no es del tamaño de un huevo de gallina, sino tan pequeño, tan pequeño, como un puntico pintado sobre el papel con un lápiz afilado”.

 

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