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Maternidad Obrera

Hace unos años me atreví a comenzar a escribir y reescribir textos incompletos que se acumulaban en una carpeta digital bajo dos palabras: Maternidad Obrera. Sentía una inmensa necesidad de aprender a hacerlo y también de encontrar un refugio virtual. Una amiga cubana desde la Patagonia me impulsó a materializar este anhelo en el vasto ciberespacio en la forma de este blog. Bauticé este espacio como Maternidad Obrera, en honor a esa carpeta y al hospital donde mi primer hijo nació bajo un torrencial aguacero de verano en el año 2002.

En 1966 el régimen recién instaurado en su poder intentó borrar de la conciencia colectiva el nombre del hospital, acusado de ser este una trampa discursiva de los políticos «antes de» y este cambió a Eusebio Hernández Pérez, «insigne patriota padre de la ginecología cubana». Quizás fue bajo la gracia de la madre con su hijo en brazos que inmortalizó el escultor Teodoro Ramos Blanco en cerámica -ante la que aún hoy muchas madres hacen reverencia a la entrada del hospital- que nunca nadie dejó de llamarlo por su nombre original: Maternidad Obrera.

Revisité las páginas de mi primer diario de maternidad y reconocí a una chica de 21 años que intentaba comprender el proceso de convertirse en madre y todo lo que sigue después. Por primera vez, escarbé estas escrituras embrionarias, fragmentos, cuerpos literarios híbridos, a menudo descabellados y descoloridos por el paso del tiempo. Casi todos fueron textos concebidos bajo el pulso del miedo, escritos en primera persona, sobre la cama 5 del cuarto 9 del hogar materno, donde permanecí ingresada las últimas 16 semanas de mi embarazo. Lo que comenzó como la necesidad de poner conciencia sobre todo lo que acontecía en mi cuerpo y mi ser mientras convivía con madres maduras y expertas de las que aprendía, se transformó luego en la necesidad de cuestionar estas mismas enseñanzas, asimilaciones y prejuicios, contrastándolas con mi individualidad. Era una madre joven, pero no por ello estúpida, comenzando un viaje lleno de accidentes, improvisaciones y aprendizajes. Tenía los ojos bien abiertos sobre lo que acontecía en los espacios que solemos habitar las madres: hospitales, hogares maternos, consultorios médicos, círculos infantiles, parques, escuelas, campos de batalla donde entramos al ruedo ante las fieras más agresivas: los micro y macro machismos, las formas solapadas de la violencia obstétrica, los desgarramientos de úteros colapsados bajo presión, la apatía hacia nuestro dolor, la falta de compasión y humanidad, la vigilancia constante sobre el hacer de las madres, la ausencia total de conciliación, la inexistencia de un enfoque de género en los cuidados que aún viven a la sombra del viejo paradigma de la patria potestad, las discriminaciones en todas sus facetas, las desigualdades, la culpa, la censura y autocensura que nos frena a vivir la maternidad como nos plazca bajo la idealización del rol «madre», la soledad en los procesos de la crianza, y la herencia cultural de la supermadre cubana que atraviesa todos nuestros esfuerzos, nunca suficientes.

Con los años, leí mucho, me busqué en la lectura, intenté mediocremente teorizar la maternidad ante mi realidad apabullante. Me identifiqué con escritores de aquí y de allá en entrevistas, charlas TEDx, directas en Instagram y talleres. Navegué y me perdí en la inmensidad del cosmos literario que resuena en voces masculinas hasta que, un día, me encontré leyendo cada vez más voces femeninas que narraban sus femineidades y maternidades. Robé ideas fabulosas y traté de injertarlas en mi contexto: la vida dentro de un régimen totalitario que cincela nuestras maternidades. Fui testigo de que en otros contextos estas ideas expresadas por mujeres en la literatura cobraban fuerza y se concretaban en leyes, insuficientes aún, pero para eso estaban las calles, donde ellas mismas escribían su historia. En ellas encontré sanación y reparación para la madre que he sido y un remanso para la escritora, llenándome de valor para llamarme a mí misma escritora. Desde la potencia de sus palabras, sus mapas afectivos, sus tejidos y sus gramáticas, ellas me llenaron de valor en ambos mundos: la maternidad y la literatura. Tuve la suerte de contar con algunos lectores, amigos y amigos de amigos, que me animaron a seguir. Tuve, digamos, períodos de productividad y seguí el sueño de convertirme en una escritora publicada. Durante un tiempo, disfruté de una pequeña y alentadora comunidad de lectores en Instagram, donde publicaba textos sueltos al pie de una fotografía. Y entonces fui madre por segunda y tercera vez. Estudié más de lo que producía, espaciando mis entradas y convirtiéndome en una lectora obsesiva, algo que encajaba perfectamente con mi realidad: lactancia, primeros años de vida, cambios de pañal, noches de desvelo, la maternidad intensiva en todas sus capas. Casi sin darme cuenta, encontré una metodología de trabajo que hasta hoy llevo a cabalidad: escribir en el «sofá con la máquina de escribir sobre la falda» de Clarice Lispector, como mamá gallina con los hijos alrededor, cerca de ellos siempre, sin aislamiento, respondiendo preguntas locas, leyendo cuentos, vigilando el arroz, con notas en el teléfono, haciendo mil cosas más; escribir cuando, como y donde se pueda.

La maternidad ha sido y es en mi incursión literaria tan solo un pretexto para hablar de todo, de cualquier otra cosa. También soy consciente de que nuestras batallas no difieren mucho de las de la madre universal. Como nosotras, otras tantas continúan levantando atrezzos que intentan crear condiciones meramente propicias (la mayoría de las veces sin éxito) para nuestros hijos. Nuestra diferencia es que hemos sido utilizadas por el Estado para perpetuarse en el poder. Hemos sido el avatar perfecto para ejecutar programas y panfletos de una dictadura, a la vez que sus víctimas más vulnerables; la diana sobre la que arrojar los dardos envenenados de sueños rotos y dolores, el sarcófago seguro donde descansan putrefactos los cadáveres de frustraciones y desengaños de generaciones futuras, el repositorio de traumas y culpabilidades que mueren con el cuerpo de la mujer o la matan.

Sin grandes expectativas, en la persecución de una voz más que de un sueño, organizo en este espacio virtual mis escrituras. Gracias a ti que me lees.